2009-08-21

A MI HERMANO JAIME GARZÓN.

Columna de Jorge Londoño Ariza.



A MI HERMANO JAIME GARZÓN
En sus 10 años de vida después de su muerte.


Cada que recojo mis pensamientos para recordar a Jaime Garzón, es inevitable encoger el corazón con reverencia delante del genio que fue capaz de deslucir su rostro y ponerse a los pies de su oponente para cuestionarlo limpiándole los zapatos, en nombre de los desheredados que por intimidación no se sienten capaces de llegarle con irreverencia a un impostor; como Jesús de Nazareth, que besó los pies de sus discípulos para tener la autoridad de increparlos con humildad y sencillez, esa sencillez que deja desarmado al pretensioso y lo ofende de tal manera, que el único recurso que le queda es el de disparar contra el cordero, porque la poca sal en la mollera, no les alcanzó para entender la grandeza de un talentoso que fue capaz de morirse de la risa, ante el bribón (Godofredo cínico caspa) que tendrá que recordar el rostro del comediante el resto de su vida, porque estoy seguro que desde que ordenó el crimen, no podrá olvidar al humorista que debe estar riéndose del sátrapa por semejante osadía. Porque cuando un imbécil no puede con las ideas, echa mano de las amenazas para volverse más imbécil. Porque los criminales le tienen más miedo a la palabra que a las armas. Porque los que fantochean con su orgullo les molesta el orgullo ajeno.

Ponerse a los pies del impostor con candidez hasta derrotarlo con la facultad de la palabra y hasta llegar a enrostrarle su imponencia, es una talante que sólo se le puede ocurrir a pocos. Burlarse de si mismo como lo hizo Garzón, ha sido la más sensible interpretación frente a la escala de valores de quienes miden el desarrollo de la vida por los valores monetarios. Por esa simplicidad, el arlequín se codeó con los ministros del despacho y los embajadores de los cinco continentes, porque si bien algunos no entendieron lo inteligente de la caricatura, si entendieron lo ilustre del personaje, así hayan tenido que acudir al esnobismo para manifestarse frente al más importante bromista de la historia colombiana. (Cuak).

Los que entendimos nos divertimos a mandíbula batiente, los que no, se mortificaron y se confundieron de tal manera, que con sus oídos abiertos aún no han podido comprender y con su boca descolgada aún no han podido entender.

Y fue tal la grandeza de Garzón, que no tuvieron otra opción que matarlo como premeditación a la incapacidad de discernir la inteligencia universal del risa, esa misma que seguramente dibujarán los niños de los asesinos cuando algún comediante los haga sonreír y esa sonora carcajada que espontáneamente explotará en los familiares de los criminales, que en cada jolgorio, seguramente caerán en la cuenta que la universalidad de La Palabra los llamará a juicio desnudos, porque nada de lo que les motivó el crimen se podrán llevar; porque si pensaron como materialistas y creyeron que la virtud del espíritu no existe; entonces son materia que se volverá gusanos y los gusanos excretarán para que la más diminuta de las hormigas convierta en humus la carroña del que no fue capaz de entender en aquel momento, que una vez son asesinados los iluminados de la palabra, empieza el resplandor que los hará notables en la historia, atraídos por al palpitar que sustenta a perpetuidad La Idea de La Vida: Porque La Idea es La Palabra en el infinito silencio y La Palabra es La Idea ya manifiesta en El Eterno presente…



Jaime Garzón y Jorge Londoño Ariza

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