2009-05-24

Los hijos del Presidente: ¿empresarios o negociantes?

Reproduzco esta columna de la Fundación PLURAL, ya que este asunto es de interés nacional.

Los hijos del Presidente: ¿empresarios o negociantes?


Por: Marcela Anzola y Francisco Thoumi

Revista virtual Razón Pública 28/04/2009

Colombia Plural/Inestco

La conducta de Tomás y Jerónimo Uribe refleja un problema de fondo en la ética económica que rige en Colombia y que está en la raíz de nuestros males. Análisis de un escándalo que va mucho más allá de lo anecdótico

El escándalo ocasionado por la compra y reventa de terrenos por parte de los hijos del Presidente en el municipio de Mosquera, Cundinamarca, es un reflejo de los graves problemas que el capitalismo colombiano tiene en sus raíces.



Hacer empresa, hacer negocios

La diferencia entre “hacer empresa” y “hacer negocios” consiste en que la empresa implica una visión de largo plazo y una continuidad de la acción productiva, mientras que el “negocio” se agota en el momento de la transacción. Hacer empresa significa innovación, producción de bienes y servicios, generación de empleo, control de calidad, búsqueda de una reputación sólida, de manera que se genere riqueza en el largo plazo; el “negocio” consiste en aprovechar la oportunidad y obtener ganancias grandes en el corto plazo.

Hacer negocios no es necesariamente reprochable ni contraproducente para la sociedad (por ejemplo el arbitraje entre mercados ayuda a regular los precios); sin embargo el “negocio” no es lo más deseable desde el punto de vista del bienestar social.

En Colombia existe una gran tendencia a hacer negocios, sin hacer empresa. La falta de continuidad en la actividad comercial es un fenómeno bastante común en nuestro medio, como se manifiesta en la dificultad que encuentran los programas que pretenden estimular el emprendimiento o aumentar la competitividad.

La riqueza como botín

Esto se explica en buena parte por una tradición que concibe la riqueza como un “hallazgo” más que como una “creación”. En otras palabras, se trata prevalentemente de una cultura, validada por la abundancia de recursos naturales. Para el imaginario del colombiano, la riqueza se obtiene en una batalla - virtual o real- por los recursos que se encuentran en el mundo; “hacer negocios” forma parte de esta lucha - en este caso virtual - e implica comprar u obtener al menor precio posible y vender caro, sin importar la contribución social de esas actividades.

La visión anterior también implica que la dimensión ética no sea un componente importante en la toma de decisiones, razón por la cual todo bien existente es susceptible de ser “capturado” -y entre estos bienes se incluye el Estado. De aquí que muchos políticos, mientras disfrutan “su cuarto de hora”, hagan “negocios” donde obtienen grandes beneficios privados relacionados con las actividades estatales. El Estado se convierte así en un botín, que se captura a través del gasto público o mediante la manipulación de las leyes para obtener ventajas privadas.

Las actitudes mencionadas tendrían profundas raíces culturales en nuestra larga historia de ”conquista”, donde la riqueza se encuentra y no se crea, y donde la propiedad se obtiene a través de privilegios, y en algunos casos por medios violentos. Como solía decir en sus tertulias Carlos Lleras Restrepo “hay muy poca riqueza amasada con trabajo, sudor y ahorro“.

Por la misma razón, una gran parte de las transacciones en Colombia son percibidas como juegos de “suma cero”, o donde se requiere que alguien pierda para que alguien gane; pero esto contradice toda la teoría económica moderna, que justifica el mercado precisamente porque en una transacción ganan tanto el vendedor como el comprador. Es interesante notar que en la jerga común se haya acuñado el verbo “tumbar” para referirse a muchas transacciones donde alguien obtiene algo a expensas del otro, haciendo evidente el hecho de que la actividad comercial no se rige por elementos de confianza mutua: hay que saber cuidarse para no ser “tumbado”.

No es de extrañar entonces que en Colombia los “costos de transacción” sean muy altos. Para llevar a cabo cualquier intercambio importante, como la compra o la venta de un auto o de una vivienda, se necesita averiguar quién es la contraparte y hay que tomar medidas para evitar ser estafado.

La muestra de DMG

La concepción de la riqueza como el resultado de grandes ganancias extractivas o como el producto de transacciones entre desiguales está tan interiorizada que un grupo importante de colombianos considera que la gran pirámide de DMG no era pirámide, y que sus prometidos retornos del 100% o más, en un par de meses, son “normales” en un sistema de mercado moderno. Por eso en las marchas de protesta de los depositantes en DMG eran comunes los slogans como “dejen trabajar“. Y en los blogs se afirma que el problema de DMG consiste en que le hacía competencia a los bancos de los oligarcas, “los que todos sabemos“, que invierten en mercados de futuros de divisas (forex) y obtienen rendimientos muy altos; el gobierno decidió cerrar a DMG para eliminar esa competencia.

Es notable que el fracaso en el referendo del 2004, los falsos positivos, o los vínculos de la bancada oficialista con el paramilitarismo no hayan disminuido la aceptación y popularidad del Presidente, y que ésta hubiera caído solamente cuando “nos quitó a DMG“. Tampoco sorprende que hoy se hable de crear el partido político DMG.

El narco y el contrabando

Dado el concepto colombiano de riqueza, el narcotráfico fue aceptado como algo normal. Las enormes ganancias hicieron que los traficantes se vieran como personajes dignos de admiración. La ilegalidad del negocio se percibe apenas como la fuente de los obstáculos o desafíos que el “traqueto” o la “mula” tienen que superar. Así, un envío de drogas que llega a su destino y se vende “corona”, es decir, quien lo hace gana, como si el narcotráfico fuera un juego de damas.

Otra expresión de esta lógica se encuentra en el contrabando aceptado de modo consuetudinario - y hasta el punto de que en algunas zonas fronterizas se han dado marchas cívicas que exigen el “derecho adquirido” al contrabando, el cual se justifica como una forma del derecho al trabajo. Lo mismo ocurre cuando las autoridades efectúan algún operativo en los conocidos “San Andresitos”.

La deslegitimación de la propiedad

La consecuencia de estos mecanismos de obtención de la riqueza es la falta de legitimidad de la propiedad, la cual no es reconocida por grupos importantes de la sociedad, y en muchas ocasiones ni siquiera puede ser reivindicada legalmente porque no se ha obtenido de conformidad con la normas.

Por eso hay anuncios como “esta propiedad no está en venta“, para evitar robos por medio de escrituras falsas. Un reflejo mucho más grave de la poca validez social de la propiedad es el secuestro extorsivo, un crimen de lesa humanidad que sin embargo es visto por muchos como un simple mecanismo de transferencia de rentas y privilegios: “si la riqueza se obtiene por privilegios, manipulación de leyes, buena suerte o violencia, y yo no tengo acceso a esos métodos, mi mejor estrategia es secuestrar a quien si tuvo acceso y transferir las respectivas rentas“.

Para que la propiedad privada sea reconocida como válida y digna de ser respetada por terceros, es necesario no sólo que su proceso de acumulación sea legal (legítimo) sino que tenga efectos positivos sobre la sociedad: producción de bienes y servicios útiles o innovadores, generación de empleo, aumentos en la productividad de otras empresas, y en general, mejoramiento en la calidad de vida del país. Este proceso de validación de la propiedad privada contrasta con procesos extractivos o aleatorios donde la riqueza privada se asocia con la manipulación de normas, la obtención de privilegios, la buena suerte, la violencia contra otros ciudadanos - o aún con el arbitraje entre mercados, para lo cual se requiere tener información privilegiada (por ejemplo, saber que no eran valiosas las baratijas que se entregaban a los indígenas a cambio de su oro).

En tales casos no hay validación social de la propiedad privada o su validación es muy débil. Esto acarrea costos de transacción enormes y exige un mayor esfuerzo para proteger las propiedades; por eso una de las industrias más pujantes en Colombia es la seguridad privada, la cual incluso cuenta con más personal que la policía.

Una ética costosa

Todo lo anterior ha generado una paradoja notable en el comportamiento de los colombianos. Por un lado luchan por obtener riqueza, pero por otro lado tienen que gastar tiempo, recursos y esfuerzos para proteger sus derechos de propiedad: temen sacar sumas “grandes” en efectivo de los bancos (por ejemplo 300 mil pesos) por temor a ser víctimas del “fleteo”; todos los apartamentos y condominios tienen sofisticados y costosos sistemas de seguridad; los morrales se usan al revés - al frente- para evitar robos; en las calles se deben hacer rodeos para no pasar por zonas que se consideran peligrosas; para tomar un taxi lo mejor es llamarlo por teléfono porque hacerlo en la calle es arriesgado, tanto para el pasajero como para el chofer; para cobrar un cheque por sumas no muy altas es necesario poner la huella digital; los precios por metro cuadrado de los apartamentos son más altos que los de las casas, que son menos seguras; y así sucesivamente. En suma, los colombianos viven permanentemente a la “defensiva”, cuidándose de los demás colombianos.

Los hijos negociantes

Volviendo a Tomás y Jerónimo, no hay duda que tienen derecho a “hacer negocios” y que es muy probable que en el que hicieron al comprar las tierras en Mosquera - que al parecer se valorizaron muy rápidamente - no hayan violado ninguna ley. Sin embargo, la conducta de Tomás y Jerónimo muestra que ellos siguen siendo negociantes más que empresarios. Si fueran empresarios las ganancias de su inversión en Mosquera provendrían de las empresas que se establezcan en la futura zona franca; provendrían de la innovación y el empleo que generan dichas actividades, no de las rentas obtenidas por la valorización de la tierra o por la negociación exitosa en la que obtuvieran un “buen precio”.

Adicionalmente, aunque no lo quieran, son personajes públicos. Su padre es el Presidente más popular que ha tenido Colombia desde que se hicieran encuestas al respecto. Más aún, posiblemente ha sido el mejor Presidente que ha tenido el país en mucho tiempo: durante su gobierno han disminuido sustancialmente los secuestros y las muertes violentas, la guerrilla ha sido debilitada, y ha negociado el desarme de algunos grupos paramilitares. No obstante, hay profundas dudas respecto a que haya contribuido a modernizar al país esto es, a cambiar la cultura tradicional por una que permita competir exitosamente en un mundo globalizado.

Dos simples consejos para Tomás y Jerónimo: primero, recuerden que la mujer del César no tiene solamente que ser honesta, sino que además debe parecerlo; y segundo, que mientras ustedes sean empresarios y generen riqueza para la población, no tendrán los problemas que tienen por ser buenos negociantes.

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